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Las emociones como ya dijimos antes se desarrollan en el sistema límbico (estructuración inconsciente), debemos lograr pasarlas a la corteza prefrontal (zona consciente y voluntaria del cerebro) para que de esta manera seamos nosotros quienes tenemos dominio de ellas y no se conviertan por el contrario en desbordes de conductas inapropiadas que a la larga nos dañan y alejan a nosotros mismos de nuestro bienestar.
En esta oportunidad trabajaremos con el conocimiento y el adecuado manejo de las emociones en los niños, teniendo en cuenta que nos vemos enfrentados a convivir tiempo completo dentro de los mismos espacios pequeños y grandes, buscamos proporcionar herramientas que aporten y apoyen de manera asertiva a los adultos que hacen parte de la formación y el desarrollo emocional de los niños.
Para iniciar, conoceremos cuales son las nueve emociones básicas que sienten los niños; cada una de estas emociones no es comprendida en su totalidad por los niños, aunque sean ellos quienes las enfrentan e incluso son desconocidas también para los adultos que los rodean, razón primordial para legitimarlas y entender que hacen parte del componente de supervivencia, afirmación y formación de criterio que desarrolla el niño.
A medida que vamos llevando el día a día enunciamos muchas emociones, que siempre son ejemplificaciones de lo que sentimos. Sin embargo, ¿hasta qué punto entendemos estas referencias como un mensaje?, ¿cada emoción trae consigo la posibilidad de empezar a entendernos y comprender nuestra participación en el entorno?
En el momento en el que sentimos una emoción se activa el sistema límbico cerebral, para ser más concretos las amígdalas cerebrales. Estos centros cerebrales que albergan las emociones se encuentran alojadas en una región de manifestación involuntaria, inconsciente y de respuesta automática del cerebro, razón por la cual cada vez que experimentamos una emoción no somos completamente conscientes de ella. Reconociendo esta condición física propia de las emociones podríamos determinar la importancia de hacer conciencia plena sobre nuestras emociones y el deber fundamental de ayudar a nuestros niños a que entiendan y gestionen de una manera más inteligente sus sentimientos.
Cada una de las emociones que sentimos nos transmiten una información precisa sobre las situaciones a las que nos enfrentamos o al medio en el que nos encontramos. Las emociones nos sitúan en el aquí y el ahora y nos ayudan a conocernos y adaptarnos al medio en el que nos desenvolvemos. Por ejemplo, la rabia y el enojo pueden ayudarme a entender que me defiendo, me cuido y me protejo. Por otro lado, el miedo me enfrenta a entender la aceptación de una pérdida, el valor que necesito para continuar y no solo sobrellevar sino superar el sufrimiento: resiliencia. Para concluir trataremos acerca de una de las primeras fases formativas de las emociones humanas que determinan la inteligencia emocional, la identificación y el nombramiento de cada una de estas emociones.
Vamos a conocer las emociones que reseñamos y encontrar su importancia en nuestro desarrollo.
Esta emoción surge cuando experimentamos algo que consideramos injusto, es una emoción de defensa; aflora cuando nos quitan algo que nos gusta, cuando estamos obligados a hacer algo que no queremos y necesariamente cuando debemos poner nuestros límites privados frente a los demás. Cuando el niño se siente agobiado, frustrado o invadido en su espacio personal por alguien más las formas de manifestar esa incomodidad lo llevan a actuar de maneras muy particulares, por ejemplo, tomar distancia de esas personas, impulsividad y agresiones como morder, gritar, llorar y perder el control. Debemos entender que estos hechos son naturales y hacer que los pequeños los entiendan como tal. Legitimar las emociones es el primer paso para entendernos a través de ellas y establecer la diferencia entre emoción y conducta.
Esta emoción siempre está anclada a la pérdida de algo, en el caso de los niños la pérdida momentánea de algún objeto o algún privilegio. La tristeza permanente es más fácil de evidenciar en el comportamiento de los niños; cuando ellos la experimentan suelen dejar de moverse, dejar de jugar, dejar de hablar constantemente, tiende a excluirse de los grupos y su movimiento cambia drásticamente al volverse lento y aletargado. El punto de inflexión ocurre cuando los adultos seamos capaces de interpretar correctamente la tristeza de nuestros niños, permitamos que suceda libremente y ofrezcamos ámbitos seguros y confiables donde ellos puedan expresarla; allí donde se les brinde, amor, comprensión, abrazos, apoyo y puedan llorar en tranquilidad. Permitirle al niño expresar este sentimiento hará que él se sienta mejor, aparte reconocerse acogido y amado.
Esta emoción se desarrolla cuando percibimos algún tipo de peligro en el entorno. Cuando el miedo aparece, el cerebro se activa con la creencia de que vamos a sufrir algún tipo de daño, nos van a ignorar o rechazar de algún modo. Las consecuencias lógicas a esta emoción son tres variables de las que dependerán las decisiones al actuar incluso hasta la vida adulta: la primera forma de actuar es tratando de huir de la situación, de la persona o el estímulo que nos asusta. La segunda opción es paralizarnos y no poder actuar (esto ocurre por lo general cuando el miedo es demasiado intenso y no sabemos cómo actuar frente a él). El tercero es hacerle frente, entender que nuestros miedos existen, pero necesariamente debemos conquistarlos, enfrentarlos y hacer las cosas aún con este condicionamiento. Los miedos se desarrollan desde muy pequeños y muchos de ellos responden en la niñez a estímulos fantasiosos: Monstruos, fantasmas, lobos, etc. Es desde esta etapa que entrenamos nuestro cerebro para actuar frente a los condicionamientos del medio y ante las cosas que nos producen miedo..
Es por lo general la emoción de mayor permanencia en nuestros niños. Nuestra tarea constante es atraer a los niños a dicho estado y ayudar de esta manera a estabilizar esta emoción después de que los niños experimentan alguna sensación desagradable muy intensa (rabia, celos, miedo, tristeza, etc.).
Hay que conocer muy bien a cada uno de los niños para entender cuál es la mejor manera para ayudarlos a volver a la calma. Los niños siempre necesitan de un adulto que sea su coequipero y les ayude a regularse y volver a la calma. Las pautas más importantes deben ser permitirle al niño expresar sus sentimientos de frustración y enojo, para que con el apoyo de un adulto responsable y sensible pueda entrar en la dinámica del entendimiento de la emoción y así un pronto retorno a la calma.
Es una emoción cálida que invita a la aproximación y cercanía entre los seres humanos; nos invita a compartir los éxitos, buenas noticias, logros siempre con nuestros seres queridos más cercanos (familia, padres, profesores, cuidadores). Cuando la alegría nos inunda somos más naturales, actuamos con mayor autenticidad, compartimos y compartimos con los demás.
La alegría crea lazos mucho más fuertes y empáticos que las emociones difíciles, por lo tanto, es una de las herramientas de mayor uso a la hora de educar, formar o incluso aprender. Siempre tendremos recuerdos hermosos de los momentos que nos robaron sonrisas al crecer y recordaremos las enseñanzas que con mayor amor se nos brindaron.
Esta emoción aparece cuando algo en el ambiente natural de los niños choca con sus expectativas. La sorpresa llega cargada de experiencias de análisis, entendimiento y aceptación y de nosotros depende proporcionar estas emociones a los niños a través de situaciones alentadoras, constructivas y empoderadoras. Sorprender a los niños ayuda a que se vean interesados por aprender lo que necesitamos enseñarles además de que sus niveles de atención serán mayores.
Esta emoción está anclada a la defensa y al rechazo de estímulos externos que sentimos nocivas o potencialmente peligrosas para nuestro bienestar. El sentimiento de asco nos aporta información valiosa para entender las manifestaciones físicas que produce nuestro cuerpo al tratar de repeler estos vínculos. En ocasiones, cuando ya estamos en la etapa adulta, no tenemos registro de esas sensaciones que nuestro cuerpo ha experimentado y por eso sentimos incomodidad, aunque somos altamente incapaces de entender que estas contracciones involuntarias nos están mostrando el peligro que nos acecha.
La vergüenza es una de las emociones más básicas, en la vida la sentiremos muchas veces, esto es natural; lo que no es natural es que otros no avergüencen haciéndonos sentir de una manera incomoda esta emoción, por el contrario, está anclada a nuestras actitudes frente a la vida; es el primer paso de construcción de autoconcepto y autoestima razón por la cual es de suma importancia que entendamos que hacer sentir vergüenza no es una forma de enseñanza y menos de aprendizaje. Cuando usamos comparaciones, burlas, chistes y comentarios que denigran a los niños lo que hacemos es impedir su empoderamiento y su crecimiento como persona, con el riesgo de que esto se siga manifestando hasta la vida adulta.
Se diferencia de la sorpresa pues nace de la emoción que despierta en el niño el indagar y entender lo que sucede a su alrededor para darle algún sentido lógico. En el niño es innato investigar, preguntar, indagar y referenciar todo lo que vive o todo lo que lo rodea con las propias respuestas. Esta emoción nos permite desarrollar la autonomía, pilar básico del apego seguro que deberíamos tener los seres humanos como herramienta primordial de socialización; siempre y cuando sea seguro, debemos permitir que los niños indaguen y estructuren sus propias respuestas acerca del mundo en el que viven.
Para finalizar, debemos entender que todas las emociones que experimentamos son indispensables para nuestra propia evolución, incluyendo las agradables y las que no lo son; sin embargo, debemos recordar siempre que cada ser humano es subjetivo, por lo tanto, sus emociones también lo son. De ahí la importancia de hacerlas parte de la normalidad y legitimarlas para que el desarrollo del ser humano sea lo más natural posible.
VIVIANA ANDREA PARRA RODRIGUEZ.
VOLUNTARIA
DIRECTORA DEL DEPARTAMENTO ARTE, EDUCACIÓN Y CULTURA.
FUNDACIÓN GLOBAL GOODWILL – BUENA VOLUNTAD
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